lunes, 28 de noviembre de 2011

Recordando a Lynn Margulis

La pasada semana falleció una de las biólogas más reconocidas en el mundo entero, Lynn Margulis. Sin duda se trata de una mala noticia para todos aquellos que valoramos enormemente su contribución al avance de nuestros conocimientos sobre las primeras fases de la vida pluricelular y, en general, sobre el papel de los organismos en los ciclos biogeoquímicos terrestres.

Además resulta que se trataba de una persona sumamente agradable lo cual hace que no resulte extraño en absoluto que en los últimos días se haya generado un auténtico aluvión de testimonios en su memoria. Uno de estos testimonios me llegó este fin de semana a través del e-mail y he pensado que podría ser interesante compartirlo con todos para que conozcamos un poco mejor cómo fue esta mujer...

Queridos amigos,

Hace unas pocas horas me he enterado de que el pasado 22 de noviembre falleció Lynn Margulis (esta es su entrada en la wikipedia). Durante años he sido un gran admirador suyo, y la noticia de su pérdida no me deja dormir.


Tuve la suerte de conocerla en octubre de 1998 cuando siendo estudiante de 4º de Geológicas me concedieron una beca para asistir a un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Valencia. Aquel encuentro fue un homenaje a Joan Oró, quien asistió y participó junto a Stanley Miller, Antonio Lazcano y Ricardo Amils. Ya han pasado trece años de aquello, pero aún hoy recuerdo sus maravillosas conferencias.

Una mañana entró en el aula una mujer no muy alta, sonriente, de unos cincuenta y tantos años, de aspecto sencillo, y a su paso algunos estudiantes cuchicheaban: “Es ella…” Se sentó a mi lado. Yo llevaba en la mochila su libro Microcosmos con la esperanza de que mi timidez natural no me impidiera pedir un autógrafo. Imaginaba yo que la ex de Carl Sagan, la “madre” de la Hipótesis Gaia, los Cinco Reinos y la teoría de la simbiogénesis, debía ser una especie de diva de la ciencia, pero aquella mujer no parecía tener el glamour que se le presupone a alguien que bien podría ser candidato al Premio Nobel.

Su conferencia fue realmente buena, sin duda sabía cómo meterse al auditorio en el bolsillo. Cuando la sala comenzó a vaciarse y ella recogía sus cosas me aproximé con el libro en la mano.

Ella tomó la iniciativa.

-¿Cómo te llamas?
-Gabriel.
Sacó una especie de pluma negra que parecía tener en mucha estima y escribió: “Para Gabriel con amor a la vida”. Era el 26 de Octubre de 1998.
-¿Y qué estudias?

- Geología, respondí.


Mi respuesta pareció entusiasmarla, y sin saber muy bien cómo ni por qué empezamos a charlar sobre ciclos geoquímicos, tectónica de placas, planetas y satélites, vida en el espacio, y cuando me quise dar cuenta nuestros cerebros habían conectado. Sentí una especie de resonancia intelectual como nunca antes había experimentado. Escuchaba, replicaba, meditaba, respondía, y al cabo de un rato me dijo: “sabes, es muy interesante, creo que deberías hacer una tesis sobre eso y…” En ese momento se dio cuenta de que pasaba por allí el director del curso, Juli Peretó, y le dijo: “quiero invitar a comer a este chico y a sus amigos, ¿dónde podemos ir?”


Recuerdo que tenía especial interés por conocer de primera mano cómo era el ambiente de la Facultad, nuestra impresión sobre las clases, qué materias dábamos, cómo eran los profesores y cuáles eran nuestros planes de futuro. Nos escuchaba con atención y respondía hablando lentamente en un castellano bastante bueno. Nos contó algunas anécdotas y nos regaló algún consejo. Hablamos sobre las horas que dedicábamos a trastear por la biblioteca, lo importante que es entrar en contacto con gente de otras disciplinas, de compartir y cooperar, de las 16 horas diarias que ella le había dedicado al estudio durante largos periodos de su vida, de su huerto, de sus nietos, de lo difícil que es hacerse hueco en la ciencia actual, de que uno debe defender sus ideas, de lo mal que se pasa a veces. Nos trató como adultos inteligentes, escuchó y valoró nuestras opiniones como sólo un profesor había hecho hasta entonces. Que alguien como ella nos tratara así nos hizo creer en nosotros, y reforzaba la idea de que ese profesor, Paco Anguita, quizá no estuviera equivocado al creer en nosotros más que nosotros mismos. Otro mundo es posible, y Lynn Margulis era la prueba.

Al regresar al aula descubrimos que el resto de conferenciantes celebraba con una pequeña tarta y algo de champán el cumpleaños de Joan Oró. Nos ofrecieron participar (quizá porque vieron que regresábamos con ella), y hasta nos hicimos una foto todos juntos. Allí estábamos, cuatro jóvenes estudiantes brindando con algunos de los tipos famosos que aparecen en los manuales universitarios que estudiamos. Ricardo Amils se entretuvo hablando con nosotros. Aún no nos habían presentado.



Las experiencias vividas aquella semana cambiaron algo en mi interior. Me relajé y gané confianza en mí mismo. Empecé a pensar que buscar vida inteligente en la facultad carecía de sentido, así que dejé de intentar aprender algo durante las clases y me limité a desarrollar estrategias para aprobar las asignaturas, y fue entonces cuando mi expediente académico comenzó a remontar. Empecé a pasar más horas en la biblioteca investigando por mi cuenta temas que simplemente me llamaban la atención, asistí a más cursos y conferencias, releí a James Lovelock, descubrí a Peter Westbroek (el padre de la Geobiología), continué leyendo a Margulis y todo lo relacionado con el origen de la vida. También fue entonces cuando empecé a escribir con regularidad. Poco después descubrí que realmente lo que yo quería era ser profesor. También mi actitud hacia los demás había cambiado.

El 1 de octubre de 2002 asistí a una conferencia que el paleontólogo J.W. Schopf daba en el Cosmocaixa de Alcobendas. Llevaba en la mochila su libro “La cuna de la vida” con la intención de pedir que me lo firmara. Me senté en las primeras filas; no había mucha gente. Dejando un sitio libre a mi izquierda se sentó una mujer a la que no presté atención; los dos estábamos ojeando un libro. Al poco escuché que un hombre decía tras de mí: “¿Es que ya os conocéis?” Al girarme vi que el recién llegado era Ricardo Amils y la extraña de mi izquierda saludaba cariñosamente con un alegre: “¡Hola Ricardo!”, y se dieron dos besos como sólo saben darlo los viejos amigos. A los pocos segundos nos presentó: “Este chico es Gabriel, un geólogo del Grupo de Paco… ella es Nieves López, profesora de paleo”.

Tengo dudas de que la nueva generación de profesores (sea cual sea el nivel educativo en el que trabajamos) algún día logremos estar a la altura de nuestros maestros. En una ocasión le hablé a una amiga de mi temor a que nada crezca a la sombra de un gran árbol… Me respondió que eso no es cierto y que en cualquier caso habría que intentarlo. Y tiene toda la razón. Sería una pena que después de todo nosotros no tuviéramos el valor suficiente para recoger su antorcha. Pero, ¿cómo se hace eso? ¿Es normal tener miedo? ¿Realmente estamos preparados? ¿Por dónde hay que empezar? Llevo casi un año reflexionando sobre este tema y al conocer la noticia de la muerte de Lynn Margulis he llegado a la conclusión de que me arrepiento de no haberles dado las gracias lo suficiente a algunas personas por todo lo que me han enseñado y las oportunidades que me brindaron.

Quizá no sea demasiado tarde:

Gracias Paco. Gracias Ricardo. Gracias Nieves. Gracias Lynn.

Gabriel Castilla

1 comentario:

kiorila dijo...

muy bonito el post, pero ¿por qué no demuestras que aprendiste la lección de falta perjuicios y de valentía que ella te dió y hablas de su implicación en el movimiento por la verdad del 11-S? Yo lo único que espero es que lo que florezca bajo esos grandes árboles tenga no sólo la ambición de hacer algo genuino sino también la valentía de esta mujer, que no sólo se implicaba en el mundo científico sino también en lo social, como es natural y normal, porque, ¿acaso no está todo interrelacionado, como la teoría de Gaia que ella apoyaba?