domingo, 27 de diciembre de 2009

Inicio del Viaje del Beagle

El 27 de Diciembre de 1831 se inició en la Bahía de Plymouth la segunda travesía del Beagle. Una importante diferencia que tuvo con respecto a la primera es que esta vez contaba entre su tripulación con un joven de 22 años, el cual cambiaría la visión que la humanidad tiene de la naturaleza gracias a las experiencias y observaciones que pudo reunir en este viaje de casi cinco años (aunque había sido planeado para algo más de dos... -parece que incluso en el Gran Imperio Británico había a veces problemas de organización, jeje-). Tenemos que agradecer al capitán Robert FitzRoy y a Francis Beaufort (su mentor) el haber invitado, a través de su nunca adecuada- mente agradecido amigo común John Henslow, a este joven naturalista para actuar como acompañante del capitán y, de paso, participar como miembro de la expedición encargado de realizar los apuntes científicos.

Tal naturalista no fue otro que el joven Darwin, quien se vió muy gratificado desde el inicio de este viaje, que le permitía alejarse de su Inglatera natal y poner en práctica sus pasiones coleccionistas en torno a los escarabajos (sólo en sus primeras paradas en Brasil e Uruguay capturó centenares, que envió diligentemente a Cambridge).

También realizó observaciones acerca de la asombrosa fauna y vegetación del Cono Sur sudamericano, incluyendo los fósiles de gliptodontes, interesantes parientes gigantes de los armadillos, con grandes corazas sin articular. Y tampoco olvidó consignar todas sus observaciones sobre las diferentes culturas indígenas con las que se encontró. De hecho, tuvo mucho tiempo para ello, porque el mal tiempo en las costas de Tierra de Fuego les obligó a esperar. Y a Darwin le faltó tiempo para incluirse en diferentes expediciones tierra adentro que exploraron la Pampa y la Patagonia argentinas.

Cuando finalmente lograron cruzar a las costas del Pacífico sudamericano, Darwin participó en varias visitas a las faldas de los Andes, donde realizó numerosas observaciones de gran interés geológico. Más adelante el beagle llegó a las Islas Galápagos, y de lo que pasó allí ya se ha hablado mucho... así que para qué repetir.

Seguidamente cruzó el Océano Pacífico, haciendo escala en Tahití y su lujuriosa vegetación, para alcanzar las colonias británicas de Nueva Zelanda, Australia y Tasmania, donde se maravilló con su vegetación, sus formaciones rocosas y sobre todo con su extrañísima fauna, particularmente el ornitorrinco.

En el Índico realizó una escala en las islas Cocos y visitó varias islas coralinas, que le inspiraron para continuar ejerciendo sus dotes como Geólogo. Y finalmente llegó a Sudáfrica, aunque sobre su parada en Ciudad del Cabo sólo se puede decir que fue primordialmente administrativa y de intendencia.

Y tras eso, se encaminaron a la madre patria... o casi... porque hubo que volver a pasar por Brasil (¡qué tragedia!) para volver a hacer unas mediciones que el capitán consideraba que podían ser erróneas... ¡qué escusa más buena! Bueno, podemos aprovechar ahora para comentar que el objetivo original de todo el viaje del Beagle no era que Darwin se paseara por las tierras salvajes de medio mundo sino cartografiar las costas de Sudamérica, con todas las desembocaduras de los ríos, y dibujar las diferentes montañas y colinas tal y como se veían desde el mar, con medidas de sus altitudes.


Un muy completo repaso sobre las incidencias de este largo viaje puede ser consultad en AboutDarwin, aunque siempre es recomendable leer el entretenido relato de viajes que constituyó el libro "The Voyage of the Beagle" publicado por Darwin en 1839, tres años después de su regreso.

Referencias
  • Darwin, C.R. (1839) The Narrative of the Voyages of H.M. Ships Adventure and Beagle. III: Journal and Remarks, 1832-1836. Henry Colburn.